Cuántas veces durante dos años fui a un Asilo de Ancianos, cuántas veces creí que hacía el bien cuando en realidad visitarlos era mi necesidad, cuántas veces lloré por cada viejito que me tocó ver partir.

Fallece el papá de una querida amiga y a mí se me mueve terriblemente el piso, la veo sufrir y no encontrar consuelo, me imagino en su lugar e inmediatamente reacciono y me digo, aún estás a tiempo.

Afortunadamente tengo a mis padres, debo disfrutarlos, escucharlos aunque siempre me cuenten lo mismo y aunque siempre me pregunten lo mismo, incluso hasta dos veces en la misma llamada, ya no enojarme si se les olvidan fechas importantes para mí, reírme en mi interior de sus pleitos que ya son como de niños y agradecer, agradecer mucho a la vida que todavía están para alegrarse conmigo, reírse o enojarse conmigo y por supuesto no dejar de decirles cuánto los amo, porque lo único cierto es que un día estaré viviendo el mismo dolor de mi amiga.

Por Sagrario Terrón

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